¿Ya viví toda mi vida… y no hice lo suficiente para Dios?
Hay un momento en la vida en que el alma se detiene a mirar atrás. Las décadas pasan, los hijos crecen, las fuerzas disminuyen, y de pronto surge una pregunta que pesa más que el cansancio físico: “¿Ya viví toda mi vida… y no hice lo suficiente para Dios?” Esa pregunta nace del corazón de quien ama al Señor, pero teme haberle fallado. Y, sin embargo, la respuesta del Evangelio no es de culpa, sino de esperanza. Jesús no mide tu vida por la cantidad de obras, sino por la disposición de tu corazón hoy. En el Reino de Dios, lo que cuenta no es cuántos años serviste, sino si todavía estás dispuesto a ser usado por Él ahora. El ladrón en la cruz es la prueba viviente —o más bien, moribunda— de esta verdad. No tuvo tiempo de servir, ni de evangelizar, ni de reparar sus errores. Pero en sus últimos minutos, miró a Jesús y creyó: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” Y Jesús le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:42–43) A veces creemos que Dio...