¿Ya viví toda mi vida… y no hice lo suficiente para Dios?
Hay un momento en la vida en que el alma se detiene a mirar atrás.
Las décadas pasan, los hijos crecen, las fuerzas disminuyen, y de pronto surge una pregunta que pesa más que el cansancio físico:
“¿Ya viví toda mi vida… y no hice lo suficiente para Dios?”
Esa pregunta nace del corazón de quien ama al Señor, pero teme haberle fallado. Y, sin embargo, la respuesta del Evangelio no es de culpa, sino de esperanza.
Jesús no mide tu vida por la cantidad de obras, sino por la disposición de tu corazón hoy.
En el Reino de Dios, lo que cuenta no es cuántos años serviste, sino si todavía estás dispuesto a ser usado por Él ahora.
El ladrón en la cruz es la prueba viviente —o más bien, moribunda— de esta verdad.
No tuvo tiempo de servir, ni de evangelizar, ni de reparar sus errores.
Pero en sus últimos minutos, miró a Jesús y creyó:
“Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.”
Y Jesús le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”
(Lucas 23:42–43)
A veces creemos que Dios solo usa a los jóvenes, a los fuertes, a los activos. Pero la Escritura dice lo contrario:
“Aún en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes.”
(Salmo 92:14)
Eso significa que mientras tengas vida y aliento, Dios todavía puede escribir algo nuevo con tu historia.
Tus años no son una barrera, son un testimonio.
Las cicatrices de tu pasado no te descalifican; te preparan para consolar a otros.
Tu experiencia, tu dolor, tu sabiduría —todo eso puede ser semilla en las manos del Señor.
No mires lo que no hiciste; mira lo que aún puedes ofrecer.
Tal vez no puedas predicar desde un púlpito, pero puedes orar con poder.
Tal vez no puedas salir a evangelizar, pero puedes aconsejar, perdonar, o amar a alguien que necesita ver a Cristo en ti.
Mientras haya un latido en tu corazón, todavía hay propósito.
Porque Dios no ve tu pasado, sino tu presente dispuesto.
Y en Su reino, incluso los últimos en llegar pueden recibir la misma gracia que los primeros (Mateo 20:1–16).
Así que no digas “ya viví toda mi vida”.
Dios puede hacer más en tus últimos años que en toda una vida sin Él.
El tiempo perdido se recupera cuando lo que queda se entrega al Señor.
“El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.”
(Filipenses 1:6)

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